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lunes, 12 de julio de 2010

Libertos y Desnortados (Las Columnas del Mercado)

El Mercado.
Reencuentro con Magdalena


Contemplaba a Magdalena y veía en sus ojos el tiempo que ya se fue. El olor a tiza, el sabor de las manzanas y de los bocadillos con mantequilla, el grito de los niños, las peleas en el recreo frente a los castillos de Valderas, y el sonido de los juegos en la calle, sin apenas tráfico. Truque, dola, bicicletas y peones, escondite, mosca, pingüino, carreras de chapas, la comba para las niñas, el balón o churro media manga mangaentera para los chicos… Cigarrillos sueltos, regaliz, pachulí y palulú.
Percibía la ilusión en sus ojos brillantes como el coral negro. Veía reflejadas en ellos mis esperanzas, las perdidas y las encontradas, las alcanzadas y las por alcanzar. Mis recuerdos redivivos. Mi melancolía de los viernes por la tarde porque debía esperar al lunes para volverla a ver, pues durante el fin de semana rara vez lo conseguía. Mi alegría en el amanecer de los lunes por reencontrarla pilla y traviesa en el aula. Las matemáticas se encargaban de atenuar tanta alegría inconsciente. De aquélla época conservo cierta simpatía masoquista por los lunes (el pato lo pagan los martes, odiados desde entonces). Mis expediciones en mi bici BH naranja con mi colega Aragón a su barrio por hacernos los encontradizos con ella y con su amiga Mayte, pues a él le gustaba ésta (tenía buen gusto, porque ahora Mayte es un cañón de mujer). Para nada, en realidad, porque al verlas apretábamos la marcha y pasábamos de largo muy rápido. Pero éramos felices porque las habíamos visto y, con suerte, nos habían saludado (echándole imaginación hasta nos habían sonreído). Recordaba el aleteo de las mariposas en el estómago cuando me miraba; el temor a que alguno de mis amigos de fatigas desvelara “mi secreto”… un secreto a voces por otro lado, más que nada porque me ponía rojo como un tomate raf cuando me miraba o me hablaba, aunque sólo fuera para decirme hola. Sí, lo reconozco: era un “pringaíllo”.
Yo la miraba y ella brillaba con una luz especial. Una vez uno de los chicos exclamó canturreando: “A Iglesias le gusta Magdalena”. Era típico de la edad y la época, pero yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Ella me miró entre las risas de sus amigas y yo me puse colorado, para variar, como un tomate raf. No dijo nada, pero sonrió como sólo sabía hacer ella (al menos eso creía yo entonces) y se marchó. Ese día fui el tipo más feliz del mundo mundial. “No te hace ni caso”, me dijo uno de esos amigos que siempre te “animan”, como si yo no lo supiera ya. No me importaba (aunque me hubiera hecho “caso” tampoco habríamos hecho nada, porque yo era más cándido que Bambi). Aquella tarde cogí mi bici y me fui hasta Móstoles con una sonrisa de oreja a oreja, el brillo de su sonrisa iluminaba el cielo y una rosa había crecido en mi pequeño corazón infantil cuyas espinas no me herían. Allí unos macarras intentaron robarme la bici y cinco duros que llevaba en el bolsillo, pero no pudieron (al fin y al cabo debía demostrar que era de Viña Grande) y menos aquella tarde que el sol brillaba para mí. Empujé a uno de ellos, que me rozó en la pierna con su navaja, y salí dando pedales a toda pastilla. Me sentía como Edy Merckx. Llegué al barrio con la lengua fuera y el corazón latiendo en la boca, pero más feliz que una perdiz. Bendita ingenuidad. Al día siguiente volví a la normalidad, como no podía ser de otro modo.
Al terminar la E.G.B. fuimos de viaje a Torremolinos, yo tenía 13 años. Una mañana mis amigos se fueron (creo que a la playa) pero yo preferí quedarme solo en la piscina porque no me encontraba bien. Ante mi sorpresa, aparecieron Magdalena, Mayte y alguna chica más y colocaron sus toallas cerca de donde yo estaba tumbado. Me puse a ciento diez, claro. “Tú eres buen chico, ¿por qué no te acercas?” me dijo, imagino que con cierta sorna (es lo que se suele decir a los feos o a los pringaíllos) pero con esa dichosa sonrisa que me desarmaba. “Esto no está pasando”, pensé, “Esta es la tuya, así se las ponían a Alfonso XII”, seguí carburando, pero me dio tanto corte que no fui capaz de hilvanar tres frases coherentes seguidas, mucho menos ocurrentes y menos aún brillantes. El tomate raf (es decir, yo) decidió tomar las de Villadiego y, tras un “¡Uf, qué calor hace aquí!”, o similar patética excusa, salí a la carrera y me zambullí en la piscina. No recuerdo mucho más porque allí dentro me dio un “jamacuco” que casi las diño. El primer médico que me vio, y que no era precisamente el doctor Gregorio Marañón, diagnosticó insolación y ordenó reposo. Me encamaron en una habitación desde la que podía escuchar a mis compañeros de fiesta por el hotel. Sin duda alguna puedo afirmar que me sentí el tío más desgraciado de la historia de la humanidad y más triste que la luz de noviembre.
“Si no existieran monos como tú y yo que corrieran para quedar los últimos tampoco existirían los campeones”, le consuela el amigo al niño protagonista de la película “Melody”, tras quedar fatal en una carrera en la que éste esperaba llamar la atención de la citada Melody. Tan grande verdad como triste el consuelo, pero bueno ahí descansa la lírica de la derrota de la que tanto sabe el español medio. Forja de un carácter que a algunos les conduce a hacerse socios del Atleti con el paso del tiempo. “Rose, no alimentes tus deseos o tendrás lo que deseas” le recomienda el reverendo a Rose en la fantástica película “La Hija de Ryan” de David Lean. Y tal vez sea cierto que quien alienta deseos cosecha represión, pero soy combativo y me atraen los retos, no lo puedo evitar. Si quieres las olas buenas te tienes que arriesgar y yo, en aquella época, no hallaba consuelo en ese razonamiento. Yo, entonces, quería ganarme su amor. No pudo ser, así que acabé solidarizándome con los “monos” de Melody.
Al día siguiente, alguien más juicioso decidió trasladarme a Madrid y me salvó la vida porque me ingresaron de urgencia en el hospital más amarillo que un limón aquejado de ictericia galopante. Había contraído una hepatitis por el sudor en el gimnasio donde practicaba judo, y como es una dichosa enfermedad que incubas durante mucho tiempo, no era consciente de qué me ocurría. Durante mi largo y tedioso internamiento decidí que debía cambiar algún detallito en mi vida y, una vez que descarté trabajar como espía doble en China valiéndome de la tez que había adquirido mi piel, decidí tomar en adelante el toro por los cuernos, combatir mi absurda timidez con el sexo opuesto dispuesto a morir en combate. A buen seguro me excedí: Desde entonces hablo por los codos y soy un libro abierto. Pero mi relación con los demás, sobre todo con “las demás” varió bastante a mejor. Sea como fuere, lo cierto es que no volví a ver a Magdalena hasta hace unos pocos días. 32 años más tarde, toda una vida en realidad.
“Tú fuiste hecha para el ancho mundo, Rose”, le decía Richard Mitchum a Sarah Miles en su papel de marido en la citada “La Hija de Ryan”. Y así fue hecha Magdalena, pienso yo: libre como el viento, para que recorriera el mundo, intentando descoserse su sombra de los pies, rompiendo las estrecheces que le ofrecía el barrio para hacerse una mujer completa, para hacerse mejor persona, como el protagonista de “El Alquimista” de Paulo Coelho, para encontrarse a sí misma en algún punto entre la tierra y el cielo, reconociéndose en sus luces y sus sombras, despeñándose alguna vez en los vertederos de las promesas rotas, como todos y cada uno de nosotros.
Sí, por fin he vuelto a verla. Hemos cambiado, sobre todo yo, y ante mí se ha presentado toda una mujer, pero yo he reconocido bajo ella a aquella niña traviesa que me desarmaba con un solo guiño. Creo que conservaremos nuestra sincera amistad, aún en la distancia. Si nos hubiéramos liado de pequeños a lo mejor ahora nos odiaríamos, vaya usted a saber. Estoy felizmente casado. Ella está felizmente casada. Así debe ser y yo me alegro. Se la ve muy feliz, conserva esa eterna sonrisa de niña pícara y traviesa que yo recordaba y eso es lo que importa, porque lo demás sobra. Lo demás se lo lleva el viento entre un “si hubiera” y un “no puedo”.
Mi buen amigo Fermín sonreía feliz sentado en el grupo de antiguos alumnos del colegio del Mercado. Sospecho que porque él también había tomado pasaje al pasado y se había reencontrado con el intenso olor a caramelo que desprendía la niña nueva que habían sentado a su lado en el aula, con ese olor mágico que le hacía volar atravesando aquellas paredes sin ventanas lejos, muy lejos, allí donde habitan los dulces sueños y, al final, la vida verdadera.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados Thomas More, Thomas Cronwell y otras pérdidas de cabeza

El Mercado

Thomas More, Thomas Cronwell y otras pérdidas de cabeza.


Como ya escribí en su momento, Thomas More (Tomás Moro para nosotros) inventó el término Utopía, jugando con el griego (οὐ, no; τόπος, lugar; εὐ, buen; τόπος, lugar; es decir: buen lugar en ninguna parte) en su obra “De Optimo Republicae Statu deque Nova Ínsula Utopía” para denominar una isla regida por un sistema político ideal, un híbrido entre el cristianismo y el comunismo. En su isla, el rey estaba al servicio del pueblo y no para servirse de él, y sólo se distinguía del resto de sus conciudadanos por portar una ramita. En Utopía el trabajo no se consideraba una bendición sino un recurso para que el sistema siguiera funcionando. La jornada laboral duraba seis horas y, a su conclusión, las gentes dedicaban el tiempo al cultivo del espíritu. En Utopía se ocupaban de los viejos y los enfermos… Moro que había participado activamente en la formación del rey Enrique VIII se distanció de éste tras el cisma que provocó con la Iglesia de Roma para provocar su divorcio de Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, y erigirse como jefe de la Iglesia Anglicana. Este distanciamiento comenzó realmente con las censuras de Moro a las veleidades belicistas del citado monarca. La situación fue aprovechada por Thomas Cronwell, un luterano de origen humilde y que llegó al puesto de Lord Canciller que ocupaba el propio Moro.
Ambos consejeros terminaron sus días en el cadalso. Entre las virtudes de Enrique VIII no estaba, precisamente, la gratitud a los servicios prestados y sus verdugos, sin duda, se ganaban el sueldo. Cortaron más cabezas que la reina de Alicia en el País de las Maravillas. Así pues, Tomás Moro, uno de los hombres más influyentes de su época, se negó a bailarle el agua al rey y secundar sus planes y, teniendo mucho que ganar, se negó a lucrarse contra su conciencia y, teniendo mucho que perder, se negó a claudicar en contra de esa misma conciencia. Su familia se vio a abocada a la pobreza y él pasó de gozar del favor real a ser encerrado en la Torre de Londres y, finalmente, ser conducido al cadalso para ser decapitado. La intrahistoria nos cuenta que los asistentes a la ejecución, lejos de insultarlo o lanzarle desperdicios, como era costumbre, le vitoreaban a su paso, persignándose como ante un santo, y que el propio verdugo imploró su perdón por lo que se veía obligado a ejecutar, solicitándole su bendición. Moro, que nunca ocultó su temor a ser sometido a tortura, mostró un extraordinario aplomo en la hora final. Bromeó con el verdugo pidiéndole ayuda para subir al cadalso puesto que no la necesitaría para bajar del mismo y que no le cortara la barba que le había crecido en prisión pues ella sí había sido fiel al rey. Bendijo a los asistentes y exclamó: “Muero siendo el buen siervo del Rey, pero primero de Dios” y falleció de un único y certero tajo. Fue canonizado. Ahora es conocido como Santo Tomás Moro.
Thomas Cronwell, que había crecido a la sombra del cardenal Thomas Wolsey (entre Tomases estaba el juego), se hizo con el título de Lord Canciller o Primer Ministro, Secretario de Estado y Vicegerente de Asuntos Espirituales por decisión personal de Enrique VIII, convirtiéndose de facto en el hombre más poderoso de Inglaterra, empeñado en su plan de aplicar la Reforma en el reino del Tudor. Thomas Cronwell cayó en desgracia en 1540, tras repudiar el monarca a su cuarta esposa aún virgen, Ana de Cleves, una flamenca “con pinta de caballo” según la definía el sicótico rey. Los enemigos de Cronwell, que nunca fue un angelito, emborracharon al verdugo en la víspera para que le temblara el pulso y que su golpe de gracia no fuera certero. Hasta cuatro hachazos descargó el beodo ajusticiador sobre el cuello del otrora todopoderoso canciller sin conseguir su objetivo de desprender la cabeza del torso. Finalmente, un guardia se hizo con el hacha y asestó el golpe definitivo ante el estupor de los presentes, asqueados ya de una escena tan desagradable. La cabeza de Cronwell fue hervida y expuesta públicamente en la Torre de Londres, con la mirada en sentido opuesto a la capital del Támesis.
Los seres humanos, capaces sin duda de lo mejor también somos capaces de las mayores mezquindades. Hay que ser muy miserable para desearle a otra persona una muerte tan cruel como la que esos sujetos le depararon a Cronwell, por malo que éste hubiera sido. Sin obviar que el verdadero motivo de tanto odio residía en el fondo en la baja cuna del primer ministro (era hijo de un cantinero), algo que nunca le perdonaron los altivos nobles ingleses, más allá de su indudable codicia, de su intento obsesivo de mantener todo bajo su control o de su rapacería con los bienes eclesiásticos, pues en todo ello participaron alegremente dichos nobles, incluidas por supuesta las razias ordenadas por el susodicho canciller y sus tan espeluznantes como crueles campañas de castigo contra los rebeldes.
Con el dinero que expolió Cronwell a la Iglesia y con los abusivos impuestos que aplicó en el norte de Inglaterra, amén de engordar su pecunio particular, financió las conquistas y uniones de Escocia, Gales e Irlanda (es decir, formó las bases de lo que conocemos como Gran Bretaña) y construyó la base de la futura y poderosa Armada inglesa. Objetivamente, no fue tan malo para Albión. Fue robar a ladrones y abusar sin piedad de los desfavorecidos, lo mismo que hacían e hicieron sus no menos rapaces enemigos. Nada nuevo bajo el sol. La diferencia de la muerte del uno y del otro recompensa sin embargo a mis ojos la coherencia y la virtud de Tomás Moro, aunque pueda parecer un pobre consuelo en los tiempos que corren. Mi padre solía contarme la historia cuando nos sentábamos frente a los castillos de San José de Valderas, y me aconsejaba primar la honradez y la coherencia con los propios ideales a la avaricia, aunque se pierda la vida en el envite, aún más en los actuales tiempos en que estamos gobernados por “gobernantahúres”, según el acertadísimo término acuñado por Réjean Ducharme, y que nos conducen irremediablemente a la distopía.
Otro Cronwell, Oliver, se haría años después con el poder omnímodo en el reino inglés bajo el título de Lord Protector tras sus victorias sobre las tropas de Carlos I en Marston Moore (1644) y Naseby (1645) en la Guerra Civil inglesa. A menudo se oculta que al acceder Carlos II al trono ordenó exhumar el cadáver de Cronwell, decapitarlo y clavar su cabeza en una pica, en la que se pasó más de cuarenta años expuesta públicamente en la Torre de Londres. Eran los anuncios de la época, bastante mas “heavys” que los actuales de Tráfico. Para que luego nos hablen de espíritus vengativos. De todo lo expuesto debe proceder el dicho de “no pierdas la cabeza”, como en la canción: “Txus, no bebas tanto: no pierdas la cabeza, no pierdas la cabeza… no pierdas la cabeza”.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

jueves, 1 de julio de 2010

El Mercado
Bérénice del Valle


"Porque sueño yo no lo estoy. Porque sueño... sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño….” Léolo, el niño protagonista de la memorable película de Jean-Claude Lauzon, recita estas palabras del libro que le ha dado el “Domador de Versos”, la aún más brillante novela del también canadiense Réjean Ducharme “L’ Avalé des Avalés”, que prosigue diciendo: “A ti, la Dama, la audaz melancolía que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio, tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar, te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud no era como el viejo interludio, y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, en el valle de los avasallados”
Bérénice Einberg es una niña canadiense, políglota, en cuyos labios Réjean Ducharme pone algunas de las frases más dignas de ser recordadas que se me puedan ocurrir. Es hija de padre judío y madre católica enfrentados en una guerra permanente y estéril: “Les veo gritarse a la cara. Les veo odiarse, odiarse con lo más bajo que pueda haber en sus miradas y sus corazones. Cuanto más se gritan, más se odian. Cuanto más se odian, más sufren”. Denunciante de la indefensión infantil ante la hipocresía de los adultos: “Padres orgullosos por demostrar que saben compartir las pequeñas desgracias de sus hijos… ¡La mínima señal de felicidad os escandaliza, os saca de quicio! ¡Qué estos niños se complazcan os estriñe!”.
La pequeña Bérénice, con sus traumas por “tener la cara llena de granos”, me parece uno de los personajes más entrañables de la historia de la literatura. Igualmente entrañable cuando crece: “Tenía que toparme con las señoritas menstruaciones. Ahora estoy repleta de ovarios… Empiezo a tener tetas. No corras demasiado deprisa, vaca, se te va a agriar la leche”. Y digo bien, entrañable, aunque se destroce en jirones en la guerra de Israel, una guerra que “es tan santa para los pobres imbéciles de un lado como para los pobres imbéciles del otro”. Entrañable aunque se declare incapaz de amar a nadie: “Amar quiere decir: sufrir… Yo no quiero sufrir. Quiero golpear. Yo no quiero aguantar”. Entrañable pues todo ello en realidad esconde una mentira. Es una persona en continua ebullición y evolución: “Soy una estatua que se esmera por cambiar, que se esculpe a sí misma en algo diferente…La vida está dentro de mi cabeza y mi cabeza está dentro de mi vida. Me siento continente y contenida. Soy la vasalla del avasallado”.
Bérénice es un canto permanente a la fuerza de la imaginación: “Cada página de un libro es una ciudad. Cada línea es una calle. Cada palabra es un hogar. Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar”. Es poética sin llegar al empalago: “Crece el verde cabello a través del jergón donde la nieve durmió”. Es solidaria con el dolor ajeno: “Cualquiera que huye con su vida huye al mismo tiempo con la vida de todos los demás”. Es un alma libre y en absoluto acomodaticia: “Un refugio por seguro que pueda ser, ¿acaso no es una jaula, una prisión, un sótano sombrío y viscoso?...como quien imagina estrellas en el fondo de una alcantarilla”.
Es una chica orgullosa, combativa y dura: “Una rata tiene las tripas llenas de coraje”. Es nihilista: “Un ser humano muerto pertenece a aquel que lo ha abatido”. Alguien que se autoafirma en un mundo hostil: “Soy alguien y me pertenezco… El único medio de pertenecerse es comprender”. Alguien que duda y se busca: “Tengo una vida. No tengo ni idea de lo que he de hacer con ella…” Es dulce y ama tan profundamente, primero a su hermano Christian y a su propia madre que termina por despreciar la cobardía y abulia del uno y por insultar a la otra, “Gato Muerto” la moteja por utilizarla en realidad como pretexto y arma arrojadiza en sus disputas con su padre: “Debe de ser enternecedor verse maternal con los mocosos de los demás”. Es realista a la par que crítica con los poderosos: “Esta guerra que, como todas las demás, sólo es un negocio entre sabiondos y peces gordos”.
Bérénice es divertida y autocrítica: “El señor Einberg me ha diagnosticado una insuficiencia de patadas en el trasero”, y muy lúcida: “No se nace al nacer. Se nace unos años más tarde, cuando se toma conciencia de ser. Yo nací más o menos a la edad de cinco años… Cuando estás loca tienes que atarte”. Cuando esta muchacha muda su inicial pasión por la vida por la decepción y el sentimiento de autodestrucción, va dimitiendo de la vida, con dignidad y en realidad está más viva que nunca porque “para tener ganas de morir hace falta sentir que estás vivo…No soy de los que levantan catedrales. Soy de los que arden en deseos por propagarse por toda la extensión del firmamento. Daré caza al tedio hasta caer muerta”. Pero llegada la hora de la verdad se muestra humana y hace cuanto puede por sobrevivir. No importa, todo es falso, prima lo que interesa al poderoso en un momento dado. Como ella dice: “Me han creído. Justamente, necesitaban heroínas”.
Cuántas veces no habré pensado al mirar alrededor “¡Caca de la vaca!”, como tú sueles decir: Cuántas veces he soñado escapar de aquí, como tú de la capilla y de la sinagoga de tu isla en Saint Laurent. Sí, “la soledad y el miedo no tienen nada. Cuanto más intentamos calmarlos más se desviven, más gritan”. Yo grito contigo, niña mía: “¡Todo sea por lo mejor en el mejor de los mundos!”. Sí, Bérénice, pienso en ti cuando no veo el fondo del pozo en mi habitación a oscuras. “Cuando quieres saber dónde estás cierras los ojos”. Sí, Bérénice, llevas razón cuando afirmas que “la vida es difícil para las chicas fáciles” o que “para ver una ciudad en el fondo de un vaso hay que esforzarse”. Sí, mi querida Bérénice, “cuanto más claramente es percibida una ilusión, más se asemeja a una realidad”. No llegaremos muy lejos Bérénice, pero iremos a nuestro aire. Sí, quizá sea mejor que las playas de la isla de Utopía sólo se adivinen entre la bruma, que no se vean con nitidez, que sigamos lejos de sus riberas, para que no nos desencanten. Quién sabe, Bérénice, dulce par de alas de golondrina que nadas en el aire. Yo, leyéndote como hacía Léolo, también iré a descansar con la cabeza entre dos palabras en el Valle de los Avasallados.
Jose Manuel Iglesias Cervantes

Libertos y Desnortados (Las columnas del Mercado)

El Mercado.
Utopía y gamusinos

Desde lejos me llega el eco de una vieja canción, el tenue rumor de la soledad, del recuerdo del pasado. Un susurro que se acurruca en mi oreja. Un mensaje escrito en las hojas que trae el viento cuando la realidad oprime al ánimo. Cuando el fraude, el engaño, la trapacería se confunden con la honradez. Cuando ante la injusticia guardamos silencio porque el silencio de hoy es una infamia, porque el silencio de hoy será el rencor de mañana. Cuando nuestros periodistas, que deberían velar por nuestra formación y por su independencia, aceptan que les vendan lecturas de comunicados oficiales sin opción a preguntas como si fueran verdaderas ruedas de prensa. Cuando nuestros líderes no nos escuchan ni nos ven y sólo nos usan como trastos que lanzarse a la cabeza en su guerra particular, en busca de un mero beneficio personal. A menudo debemos luchar contra nosotros mismos, contra nuestra propia galbana. A menudo somos nuestros peores enemigos. Como escribió Saccomanno, “el infierno es el subsuelo de uno mismo”. No busquemos más allá.
Tomás Moro escribió la inmortal obra “Utopía”, título que tantos sueños rotos ha apadrinado. Tomás Moro perdió la cabeza, pero nunca su integridad ni su coherencia ni sus sueños. Limón, infinito, república, cachivache y gamusino fueron las palabras más votadas en una encuesta realizada por el Instituto Cervantes con motivo del Día del Castellano. Utopía es mi palabra favorita en castellano. Es la luz que despeja las sombras en mi alma, un faro que contemplar y que me sirve de guía en los días neblinosos y confusos, el fuego que aleja a las bestias y espanta a las criaturas de la noche. Utopía es el viento en las velas de nuestros navíos que los conduce hacia buen puerto, el aliento que favorece que nuestros hijos crezcan felices y en libertad. La utopía precisa de los recuerdos, de las buenas experiencias para no perderlas y perpetuarlas en el tiempo; y de las malas, para no repetirlas y erradicarlas. Pero los recuerdos sólo son buenos mientras no nos hagan reos con sus cadenas invisibles, unas cadenas a las que nos puede conducir engañados la falsa nostalgia. No todo tiempo pasado fue mejor, simplemente éramos más jóvenes y teníamos más energía. Todo tiempo pasado es, y debe ser, mejorable. Es el legado de los muertos y la responsabilidad de los vivos para los que están aún por vivir. Recuerdos, sí, pero primando el futuro, puesto que lo único que no existe es el presente. Cuando citamos el presente ya estamos hablando del pasado, y cuando actuamos ya lo hacemos con vistas al futuro. Todo es pasado y futuro. En la juventud cantábamos “No future for you, no future for me”, pero se expresaba una lucha por el “future for us”. We are the future, brothers in arms. Y en tiempos difíciles como éstos (todos lo son, unos más difíciles que otros, pero nunca hubo tiempos fáciles para el pueblo) la utopía cobra mayor relevancia si cabe. No hay tiempo a la espera. Las causas perdidas son las más nobles y las únicas eternas. Por eso el Quijote es eterno y universal.
Hay enfermos mentales que oyen voces y matan a sus prójimos. Yo oigo una voz que me alienta, que me grita “adelante, arriba, lejos. Siempre adelante, arriba una vez más, más lejos esta vez y siempre”. La gente agota sus rezos con desesperanza. La chica de los ojos azules contempla al cantante callejero en el vagón del tren interpretando boleros. Las chicas que leen y el adolescente que se pierde mentalmente buceando entre sus faldas. Mi sombra se aleja y, cuando más fatigado me siento, me recobro porque soy como el verso de Miguel Hernández, “como el árbol talado que retoño y aún tengo la vida”. Para la libertad lucho, sangro y pervivo. Es la hora de la resistencia, de disipar los espejismos, de afrontar la realidad con la vista en la consecución de la utopía. Mandan los de siempre, ya lo sé, son los mismos los que roban y abusan. Son los mismos los de a Dios rogando y con el mazo dando, son los mismos los que niegan la utopía, pero por cada cabeza cortada surgirán otras diez en su lugar. El norte no está lejos, está en nuestro ombligo, en nuestra mente, en nuestro ser. Giremos la cabeza al amor, a la esperanza, al combate, al vuelo de la mariposa, al aguijón de la avispa. Al arroyo que fluye por nuestras venas, al viento que nos acaricia y cantemos que sí, que los chicos están bien; castigados, algo desengañados y cansados, pero bien, muy bien, mejor que nunca porque están preparados, más que antes, más que nunca. Respiran, sangran, comen, beben, sueñan. Ni un paso atrás, salvo para coger carrerilla. El valor de una sonrisa, el valor de un apretón de manos.
Sólo los más ricos, a menudo los más pobres de alma, piensan que todo tiene un precio. Cierto es que todos pueden obtener besos, pero unos se venden y otros se dan, y éstos valen más… éstos son los únicos que valen en realidad. Cuando cierro los ojos veo el viejo mundo, veo mis calles, mi colegio del Mercado, donde empezó todo. Cuando cierro los ojos puedo ver un mundo nuevo. Cuando cierro los ojos venzo el miedo y mis dedos rozan la utopía.
También tengo otra palabra preferida, y más ahora que hemos perdido a Saramago (Sara Maga para nuestra súper lideresa Esperanza Aguirre cuando era ministra de Cultura ¡aaay!). Es Iberia. Iberia en el sentido del premio nobel luso: una unidad voluntaria de ambos países, vencidas definitivamente las viejas rencillas, ganada una nueva y próspera amistad en un impulso común de las personas positivas de España y Portugal. Iberia, acaso otra utopía. Pero real y posible. A menudo aquéllos que se autocalifican de “realistas” no son otra cosa que inmovilistas reaccionarios a cualquier avance que suene a progreso.
“Sueño constantemente con los navíos de mi juventud, desde que zozobraron en el mar de las Estrellas” escribió con gran belleza el poeta canadiense Émile Nelligan. Yo intento cada día reparar las maderas y las velas dañadas para seguir navegando y continuar la singladura hasta arribar a la isla de la Utopía, aunque sólo sea para cazar gamusinos... serán gamusinos libres al menos.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

jueves, 10 de junio de 2010

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado.

Días de Escuela, Días de Rock.


Días de escuela. La dulce María y el flautista cogieron el tren con dirección a la Isla del Amor, donde gansos y cisnes conviven con Rocinante,  huyendo de Abélica. Intentaron liberar al ser urbano, reo de aquellos que niegan que la paz sea verde. Acosados por las cucarachas, que sabían que entre las cejas sólo tenían libertad, se ocultaron en Sodoma y Chabola, y se durmieron con el son de la nana del emigrante, a la sombra de una mentira del oportunista. Escaparon la noche de que te hablé, huyeron de allí al grito de “¡corre, corre!” y con el amor grabado a fuego.
Ella había sido la mejor bailarina del harén y quería escapar del señor violento, que gobernaba a golpe de látigo. Él quería huir del tiempo gris, donde llueve por dentro. Mis amigos, ¿dónde estarán? les ayudaron a escapar, invocando al espíritu del Capitán Trueno, hasta que llegaron a este Madrid, que es una mierda que ni las ratas pueden vivir. Qué desilusión comprobar que los sermones siguen sonando en la catedral que flota en el espacio, sobre la granja del loco y sus cerdos rockeros que, sentados frente a una hoguera, preparan la batalla antes de que caiga el telón, brindando con una copa y alzando la voz contra la polución que nos invade y no nos deja respirar.
Ella viajó sola en su vagón, buscando los colores que la hacían sentirse bien, harta de buscar escaleras al cielo en la ciudad de los músicos, circulando por la autopista al infierno y cegada por el humo en el agua. Cegada por los mensajes de la televisión que no descansa, que funciona siempre… santa televisión, bendita televisión… la tele no descansa, la tele te vigila… hiede la televisión.
Salvación, oscuridad, frialdad… castigo fue lo que hallaron en los callejones de los flojos de pantalón y del camión de la basura, caminando de la mano de la verdad vencida, con el pelo pintado de azul y tocados del pulmón, pero agradecidos pensando que todo es más sencillo apagando las luces si comprendemos que la luz de un cigarrillo nos puede valer… sí, maneras de vivir… detenidos en la materia, en el silencio de las esferas, en crisis… ¿qué crisis? Crisis y castigo para el fenicio y el astuto.
No hagas caso a este texto, pues todo es mentira, En realidad, no importa, es sólo rock and roll y no voy más lejos. Lo que hace falta es un buen bidón de aire puro y natural, y de cerveza, una piba y un colchón, que sea fina y no estrecha… pero piensa en lo que acabas de elegir porque gritar, cantar es algo más que una intención, aunque si es sólo una canción me siento mejor, porque sé que no estoy en mi juicio y que me falta inspiración, así que pon otra cerveza que esto… se acabó.

Jose Manuel Iglesias Cervantes. (En memoria de Richi. Texto homenaje al “rock urbano”, realizado con canciones de Leño, Topo, Asfalto, Ñu, Rosendo Mercado y Miguel Oñate).

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado.

La Niña Lunática y el Hombre Lobo Enamorado.


Mi niña cree que es una lunática y no es cierto. Mi niña se prendó de la luna porque le deslumbró su brillo entre las sombras y la bruma. Cual algodón de azúcar se la llevó a los labios y se deshizo en su boca, acarició sus senos y se instaló en su pecho. Le reveló sus deseos y le confió sus miedos.
Tan mujer y tan niña, tan fuerte como insegura. Bailó bajo la luz de la luna, desnudo su cuerpo, desnuda su alma. Surcó los mares y paladeó la espuma. Bailó desnuda bajo la luz de la luna y los monstruos y las bestias se enamoraron de ella, de su rostro infantil, de sus senos de nácar, de su corazón de piruleta, rojo y dulce, espinoso y ajado. Lo remendó con hilo de esperanza y oro e intentó ascender hasta ella, peldaño a peldaño, pero se quedó colgada en un ay, pendiente de un cordón de plata lunera, porque las escaleras que van al cielo hunden sus patas en el cieno de las podredumbres del suelo. Mas era un hilo esperanzado, inteligente, enamorado. Un hilo del material de los sueños, un hilo de deseo encendido porque ella es puro sexo, sexo puro, porque el sexo sólo es uro cuando no está reprimido ni aprisionado o, cuando estándolo, se ha liberado. Cuando el sexo es libertad, cuando el amor no está condicionado, cuando el deseo es un torrente y el amor es radical y no está hipotecado o calculado.
Mi niña soñó con ser una embarazada imaginaria, un robot, un espíritu, una bailarina, una muñeca, una funambulista sobre el cable de la vida y una hechicera, y fue todas y ninguna de ellas. Mi niña baila bajo la luz de la luna porque es la reina de las mareas y ella es mi princesa escondida, mi princesa sin reino y con un corazón de piruleta, remendado, mil veces cosido, dolido pero vivo… vivo… vivo. Mi niña está prendada de la luna y yo de ella, con mi cuerpo agotado y sangrante de zarpazos, pero vivo… vivo… vivo.
No, ella no es mía, ni de nadie. Ella es la niña de la luna, ella es libre. Y yo un viejo hombre lobo enamorado de ambas, que no se cansa de hacer brindis al sol y aullar palabras de amor a la luna.

Jose Manuel Iglesias Cervantes para Marta y Luis Rico.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado.

La Tiranía de los Tópicos.


Tópico. Opinión, idea o expresión que se usa y repite con mucha frecuencia, y no resulta original. Todo tópico tiene un fondo de verdad, pero siempre encierra una gran mentira o una injusticia manifiesta, e implica pereza mental. Pondré unos cuantos ejemplos de ello.
Se llamó “catenaccio” (cerrojo) a la forma de jugar ideada por el entrenador Helenio Herrera (argentino de origen español y nacionalizado francés) para la Internazionale di Milano, cerrando espacios y primando la defensa en detrimento del ataque, esperando agazapado el error del rival. No me gusta el fútbol italiano y, mucho menos, esa apuesta cicatera y fea de jugar siempre atrás, especulando. Prefiero el fútbol vistoso, de toque y desenfadado de Brasil, la garra pujante argentina y el juego ofensivo holandés. La alineación interista en la final de la Champions League que ganó al Bayern Munich en el estadio Santiago Bernabéu en mayo de 2010 fue la siguiente:  Julio César (brasileño); Maicon (brasileño), Lucio (brasileño), Samuel (argentino), Chivu (rumano); Javier Zanetti (argentino), Cambiasso (argentino), Sneijder (holandés); Eto'o (camerunés), Diego Milito (argentino) y Pandev (croata). Entrenador: Jose Mouriño (portugués).  No hay un solo italiano en la lista. Tres brasileños, cuatro argentinos y un holandés. Sin palabras.
Se alude frecuentemente a la idea de la “dulce herida” del amor (obviemos a todos aquellos y aquellas que se han suicidado por tal motivo) o del amor como una enfermedad que “necesita una cura”. La soledad, como la “mejor compañera”. El que bien te quiere te hará llorar (yo prefiero que me quieran menos, la verdad). La suerte de la fea, la guapa la desea (y los cojones). Tu obra te hará inmortal (Sobre todo si enfermas de cáncer). La verdad te hará libre (Que se lo digan a los esclavos. En una fábrica o una obra sí te puede hacer libre… para buscar otro trabajo). Lo mejor para conquistar a alguien es ser natural y mostrarse tal cual se es (sobre todo si eres un pazguato, feo y más triste que la luz de noviembre). Los latinos somos grandes amantes (¿todos?), las latinas amantes fogosas y enloquecidas celosas (¿Sí?). El macho ibérico a la sombra del “landismo”. El hombre siempre va al grano (no hay hombres indecisos), la mujer es más sentimental que el hombre (sobre todo las carceleras de ciertos presidios y campos de concentración); la mujer es más ingeniosa que el hombre (algo que el hombre no comprende porque no se le aportan datos). A las mujeres no les gusta el fútbol ni a los hombres las películas que no sean de acción. A las mujeres no les gusta el sexo; los hombres son animales en permanente y compulsivo estado de celo. Las mujeres no respetan el espacio personal del hombre; él sí, siempre. Las mujeres hablan en un código indescifrable para el pobre intelecto masculino, anclado en una suerte de indigencia emocional e intelectual. La mujer necesita a un hombre que le aporte seguridad. A la mujer, en el fondo, le gusta que la maltraten y cuando dice no, en realidad quiere decir sí. El hombre nada más que piensa en beber cerveza, tener un coche deportivo y en perpetuar la especie. Ellos no quieren a su lado una mujer inteligente. Ellas siempre usan el sexo como arma. La mujer no tiene amigas. Si no tienes enemigos careces de amigos. El tamaño del pene es lo más importante en una relación sexual; los negros la tienen más grande y los moros más gorda. Una lesbiana es una mujer que no ha sido convenientemente fornicada. Los homosexuales son reconducibles por una chica mona que sepa amarles.
Los ingleses son piratas borrachos y unos tipos estirados que no descomponen su atuendo ni en el váter. Los franceses son homosexuales que se perfuman pero no se lavan (los heterosexuales también, aunque quieran disimular) y las francesas unas perfumadas salidas que no se lavan ni se depilan (porque los franceses son homosexuales). Los griegos no son homosexuales, son unos viciosos de tomo y lomo. Los alemanes tienen una mala leche de cuidado (Ya saben: cuando un alemán decide hacer turismo y se mosquea, invade un país o dos) y son unos cuadriculados incapaces de salirse de un guión previamente diseñado. Los italianos son capaces de cruzar el océano Pacífico a nado con tal de echar un polvo y son unos gallinas en combate (los legionarios romanos no cuentan porque eran muy suyos y no eran italianos). Los americanos son prepotentes, engreídos y pululan por el mundo montados a caballo con sombrero de cowboy. Las cubanas y las brasileñas son voluptuosas y unas máquinas sexuales sin parangón. Todos los judíos son torvos usureros y los musulmanes, traicioneros.
Somos el país de la paella, la tortilla, la sangría y el aliento a ajo. El país de los toreros, de los fiesteros, de la siesta reparadora que todo lo paraliza, de los enérgicos vitalistas que no sabemos decir no. España, esa nación donde se está en Europa sin sentirse europeo. Que usted es un pobre currante que no recuerda la última vez que se echó un sueñecito después de comer, que su irrisorio sueldo no le da para montarse una jarana o que no le gusta beber sangría. Bueno, le comunico que usted no es español. En general, los extranjeros tienen mejor opinión de España que los propios españoles… ¿Serán que no nos conocen lo suficiente o que nos conocen muy bien? Desterremos los tópicos, es el primer paso para acabar con los prejuicios, las injusticias y el racismo. Sólo por esto ya valdría la pena.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado.

Perdidos en “Perdidos”.


Jaimito está en el aula y un profesor le pregunta el título de la obra inmortal de Dante  Alighieri. Como el niño no tiene la menor idea, le va dando pistas: “La…”, “La Di…”, “La Divi”…, “La Divina…” “¡Que no, leches, que no lo adivino!” protesta el chico. Este patético chiste viene a cuento por la genial serie “Perdidos” y las protestas que oigo a menudo de muchas personas acerca de que se “pierden” o no la entienden. Y viene a colación acerca de lo que vengo escribiendo tiempo ha en esta columna sobre lo poco y mal que leemos los españoles.

Si hubiéramos leído “La Divina Comedia” del citado Dante, concretamente el Canto II, El Purgatorio, no “nos perderíamos” tanto en “Perdidos”. Allí hallamos el concepto del Antepurgatorio, a cuya playa (¿de una isla?) llegan centenares de almas desorientadas, “perdidas”, en una gran barca alada sin velas ni remos (¿un avión?) a esperar su destino en una suerte de mundo bisagra conectado con el mundo real, el infierno y el cielo. El famoso, y tantas veces demandado “Humo Negro” de la serie no es otra cosa que el “aura negra” que encontramos en el Canto V del Libro del Infierno de la inmortal obra de Dante, en el acceso al infierno de los que pecaron de lujuria (como el propio escritor italiano, débil confeso ante el llamado pecado de la carne, y como quien estas líneas escribe). Un “viento negro” que aplasta en impetuoso avance a ras de suelo a las almas con rumbo al averno.

La isla, que a mí personalmente me parece una referencia permanente al mito de la Atlántida, tapona la salida del Mal como concepto impidiendo su fuga al mundo terrenal, y mantiene en ella a las almas en espera de su destino, siempre sujeto en último extremo a su libre albedrío, concepto basado en la teoría ilustrada de que Dios no nos condena, sino nuestros propios actos. Es por ello que los personajes van y vienen y, en función de una u otra circunstancia, sus vidas “en el mundo real” se modifican. Ora están felizmente casados, otrora están alcoholizados e infelices; son millonarios o pobres, etcétera, dándose siempre la posibilidad de redención, encarnada por encima de todas en la apesadumbrada figura del iraní Sayid, el antiguo “torurador torturado”. Todo ello porque el hombre es de naturaleza humana y divina a un tiempo, como leemos en el “Libro de los Siete Sellos” del “Apocalipsis” de San Juan.

Amén de en el “Génesis” bíblico, en la magnífica “Rey Jesús”, de Robert Graves, encontramos la Escalera de Jacob, una escalera en espiral por la que los ángeles suben y bajan del Cielo al Infierno, y por la que ascendió el patriarca Jacob al Paraíso entre sueños, abriendo las “Puertas del Cielo”, a las que luego cantaría Bob Dylan (también aparece en la obra de Milton entre otros muchos autores). Graves la sitúa en el monte Moria, donde se construye el Templo de Jerusalén y donde se producen los sacrificios (algo que se repite en varios capítulos de “Perdidos”, literalmente). La Escalera de Jacob, también llevada al cine en una película de Adrián Lyne y protagonizada por Tim Robbins, y que también toma forma en “Perdidos” en las distintas escalerillas por las que se accede a las estaciones de la Iniciativa Dharma, una especie de Torre de Babel integrada por bienintencionados pero soberbios científicos que, en cierto modo, retan a la divinidad.

En cuanto a otro personaje clave, Richard Alpert, o Ricardus, el hombre que permanece joven puede hacer referencia, como algunos sostienen, al Albión de William Blake, pero yo creo que está más vinculado al “hombre eterno” (“The Everlasting Man”) de G. K. Chesterton, que trata del origen evolutivo de la humanidad y para el que hay dos formas de llegar al hogar: “permanecer en ella o dar la vuelta al mundo para llegar a él”, algo que también encontramos en “El Alquimista” de Paulo Coelho, con clara influencia del Cristianismo en la idea del hombre frente al cosmos, el emisario de Dios. No es extraño que proceda de Lanzarote, la “isla escondida”, en otra clara referencia al mito de la Atlántida. Y la ecuación de Valenzetti, que indica el tiempo (en años, meses, día, horas, minutos y segundos) que tiene la humanidad antes de que se autodestruya, son los famosos números 4 8 15 16 23 42, mientras que la colosal estatua hace referencia a la diosa egipcia Tauret, protectora de las embarazadas (curiosamente, los niños engendrados en la isla mueren al nacer, menos uno, una esperanza, una especie de Mesías redentor al que Kate, una especie de María Magdalena, protege).
Todo ello me conduce a mis recuerdos del colegio del Mercado y al afán con que se empeñaba, con desigual fortuna, el profesor que recuerdo con mayor agrado de aquella época: don Andrés, empecinado en la infatigable tarea de que adquiriéramos la costumbre de leer, y que mi padre secundaba con energía en mi casa. Tengo entendido que al final de su carrera profesional consiguió que sus alumnos asumieran como un castigo, y no como un alivio, que les prohibieran leer. Mis más efusivas felicitaciones, querido profesor.

Por cierto, el piloto del avión de “Perdidos” será un ángel… apuesten por ello, y lean “Rey Jesús”, de Robert Graves. Muchos conceptos religiosos e históricos les serán clarificados.


Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado.

Hoplitas de Valderas.


Hace muchos años, demasiados, mis amigos y quien estas líneas escribe vimos en la única grande y libre cadena de televisión que teníamos una película que se llamaba “El León de Esparta”. Insuflados de infantil ardor guerrero corrimos a fabricarnos escudos, espadas y lanzas, y nos enfrentamos en los descampados de Los Castillos en singular combate con los “persas” de los barrios vecinos. A un pobre que era algo más cortito, le convencimos previamente para que hiciera de cobaya para medir la resistencia de un casco que habíamos hecho rajando una pelota de goma. Era nula, por supuesto, pero esa es otra historia, y nunca fuimos angelitos.

Saco a colación la anécdota porque en adelante siempre he medido la valentía en parámetros espartanos. Los hoplitas a las órdenes de Leónidas murieron en el paso de las Termópilas en año 481 antes de Cristo por preservar la libertad de los suyos, para no vivir bajo el yugo del imperio persa, y para que pervivieran las leyes de Esparta y, aunque fueran rivales, las del resto de los pueblos griegos, poniendo las bases del concepto que ahora llamamos Occidente.

Los hoplitas peinaban sus cabellos antes de entrar en combate para que la muerte los hallara bellos, amén de serenos, algo que muchos de sus enemigos no comprendían. Algo que los miserables siguen sin entender hoy día. La educación espartana comenzaba a los cinco años de edad; era obligatoria, pública, colectiva y estaba destinada a la formación de guerreros honorables. Valoraban el mérito propio en función del de sus compañeros. De tal modo, nunca protestaban si les era negada una prebenda en provecho de otro. No debían ver en ello una injusticia, una afrenta o un menoscabo, sino un acicate, un motivo para esforzarse aún más hasta hacerse merecedor del premio por el que había pugnado con sus compañeros. “Si no me han concedido tal recompensa con todo lo que me he empeñado, ¿qué no habrá hecho mi compañero para lograrlo?”, era el razonamiento. Y la envidia o el rencor no tenían lugar en detrimento de la sincera admiración. Como dejara escrito Tucídides, era imprescindible que la adjudicación de los esfuerzos y las recompensas se ajustaran con rigor a la extrema justicia y objetividad, en una sociedad de ciudadanos (“astoi”), de pares (“homoioi”), esto es: de iguales porque acomodados y humildes compartían la misma vida austera, frecuentando los mismos comedores y el mismo estilo de vida. Todos los términos citados son espartanos, y se traducían en un público y profundo desprecio a los “tresantes”, es decir, a los “temblorosos”, a los cobardes, que podían redimir su pena mediante actos heroicos en combate. Para entender esta mentalidad hay que asumir la frase de despedida de las espartanas a sus hijos antes de ir al combate: “Vuelve con tu escudo o encima de él”.

La valentía, por todo esto, encuentra en Esparta su máximo exponente, el espejo en que contemplarse, y se encarna en la figura del hoplita que, en lugar de un león o cualquier otra fiera temible, pintó en su hoplón (escudo que portaban los guerreros espartanos y al que debían su nombre) una mosca diminuta, con la intención de aproximarse lo necesario a sus enemigos en el combate para que éstos fueran capaces de verla con nitidez. El hoplita de la mosca no necesitaba amedrentar desde la lejanía con animales enormes y feroces; bastaba un pequeño punto que sólo se identificaba cuando la distancia con la muerte era sumamente mínima, y quizá demasiado tarde para poder contarlo.

No comparto, sin embargo, su desprecio por los “ilotas”, campesinos esclavos sometidos a la fuerza,  y los “periecos”, campesinos sometidos a Esparta sin usar ésta, ni por la democracia en favor de la típicamente espartana bicefalia en el poder ni por la oligarquía, aunque la tozuda actualidad me haga a veces dudar en la verdadera conveniencia de que todos los votos valgan lo mismo. ¿Acaso pesa lo mismo el voto meditado y calculado de una persona preparada que el de una persona sin formación? Seguramente no, pero creo que hay que morir en el empeño de que desaparezcan de nuestro sistema tales personas carentes de la necesaria formación. Que todos y todas dispongamos de las mismas oportunidades, y de los mismos accesos a las fuentes del conocimiento. Sólo así la sociedad es justa y merece ser llamada democrática. Lo demás, y por supuesto la nuestra, son meras aproximaciones al ideal democrático. Pero hemos perdido el resto de los fundamentos espartanos, sus virtudes: el gusto por el mérito, la honradez y la admiración sincera en aras de la envidia, la mezquindad, la corrupción y las trapacerías. Los corruptos y los ladrones se erigen en la indignada voz acusadora en los tribunales, sin el menor sonrojo, en medio de un ruido ensordecedor, pues esto es lo que hay hoy día a nuestro alrededor en todo momento: ruido. Como en la canción: ruido, demasiado ruido, tanto, tanto ruido que no deja apreciar la canción, que hace imperceptible el mensaje que subyace en toda sociedad digna, y que no es otro que apostarse en el paso de las Termópilas para impedir el paso de los corruptos y los enemigos de la democracia que intentan invadirnos. Que es el ciudadano quien construye o destruye ciudadanía y no al revés, pues grano a grano se va haciendo granero. Contemplemos nuestros escudos y comprobemos si llevamos en ellos moscas o dragones. Seamos pacíficos, si es posible, pero seamos hoplitas de nuevo en defensa de la justicia, de la dignidad, de la equidad, de la cultura, en una palabra: de la libertad.

Jose Manuel Iglesias Cervantes. 

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El Mercado.

El Complot de los Pelagras.

Ocultos entre las sombras, los aviesos miembros del Eje del Mal maquinan incansablemente. En el Reverso Oscuro de la Fuerza, los conspiradores traman horripilantes planes contra la justicia infinita de los áureos caballeros de la Banca, los santos prebostes de la Moral y los adalides de la bendita Economía Globalizada. Ejércitos de vejetes pensionistas, funestos funcionarios de medio pelo, hediondos trabajadores a cuenta ajena sujetos a eres y demás chusma “mileurista” han establecido una siniestra alianza con niños provocadores de santos pederastas y con mujeres amantes del burka constitucional y de la democrática ablación de clítoris, en sintonía perfecta con pérfidas mujeres violadas por impolutos maltratadores, con el oscuro objetivo de… ¡Protestar y lamentarse!. Y no contentos con ello, pretenden un trato justo y dejar de ser…. ¡explotados! Aún más, estos desgraciados pretenden que se les reconozcan DERECHOS HUMANOS y dejar de ser la hez del impecable sistema del bienestar. Algunos, incluso, se niegan a ver los balsámicos mensajes que se les envían desde los formativos programas de la prensa rosa, dudando de la beatitud de Santa Belén Esteban, virgen y mártir, y Sor Karmele Marchante, mártir de Eurovisión e iluminada del movimiento independentista catalán.
¿Todo está perdido ante la invasión de los pelagras? ¡No! El Primer Mundo resiste al invasor ahora y siempre. Los lanceros del invicto Regimiento de Los Que Mean Colonia han detenido el avance, según informan los agentes de Wall Street y la City Londinense. Los odiados PIG,S (Portugueses, italianos, griegos y españoles) han sido frenados por el indómito brazo de San Jorge y la virtud incorruptible de Juana de Arco. Sí, amigos, son los de los chistes: “va un español, un portugués y un griego…”, ya saben, gentuza a exterminar cuanto antes mejor, pues están al borde del colapso y amenazan con arrastrarnos a todos, ya que sólo piensan en dormir, beber y fornicar, a diferencia de los castos y abstemios anglosajones y germanos. Menos mal que los indefensos banqueros, angelicales brokers, santos pederastas con sotana y trincones de las más altas esferas se han conjurado para salvar el planeta de la famélica legión, y seguir amasando pingües beneficios y no ceder un solo dólar en la batalla. Por aquí, un indomable juez hace lo que puede y, lejos de imprecar a los terroristas por sus crímenes o incluso a las fuerzas de seguridad por fallar en su misión de detección y detención de los mismos, ha abroncado a la madre del muerto. ¡Muy bien, señoría, qué se creen estos inmigrantes y víctimas del terrorismo! Son unos bultos sospechosos…
Mientras tanto, en una galaxia muy lejana existe una civilización en la que la Bolsa sigue siendo el termómetro de la especulación y no de la economía real, que es regulada por gobiernos que no son meros títeres de multinacionales y tiburones de las finanzas. Los estafadores van al presidio, los especuladores bursátiles no utilizan a los pobres y trabajadores en su beneficio, ni como cortina de humo para justificar sus desmanes; la pederastia es un delito y no un pecado; se procura una educación de calidad basada en la tolerancia y en la igualdad de oportunidades y de trato, y la violación y el maltrato son un delito punible, y no una consecuencia de una provocación previa. Pero estos “Jodíos Jedis” no atravesarán nuestro prevaricador escudo protector contra la honradez, la humanidad, la dignidad y demás zarandajas. Nuestro inmortal lema: “Tanto trempa, trinca tanto, el banquero como el santo” ondeará por siempre.
Aquí sabemos de sobra que los insaciables pensionistas, los pérfidos funcionarios de baja ralea, los malvados obreretes, los discapacitados escaqueados y los vagos arrastrados que cobran el desempleo deben pagar la factura de la crisis en justo castigo a su complot. Esta crisis la generaron banqueros y especuladores sin escrúpulos, y se lucraron con ella chorizos de guante blanco, pero la habrán de pagar los pelagras, como siempre: jubilados indigentes, funcionarietes mileuristas y trabajadores paupérrimos; las altas rentas ni tocarlas, como Dios y la Banca mandan. Es más, abogamos por su exterminio y que vengan africanos indigentes en régimen de plena esclavitud con sus sumisas mujeres castradas y con infantes aleccionados, que como bien apuntó un obispo, los niños van provocándoles y, claro, así no hay manera.
Por cierto, el otro día escuché que el “Curso de Imbecilidad” de Pep Vila para la formación de payasos en España era un rotundo éxito. No es de extrañar. Lejos de nosotros la funesta idea de pensar. ¡Muera la inteligencia!

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado.

Volver a ser un niño.


Ella era purito morbo. Y yo deseaba fotografiarla, resaltando el azul marino de la tinta de sus tatuajes sobre su piel blanquísima, a horcajadas sobre una moto, símbolo de rebeldía y de potencia. La luz era propicia y su rostro gritaba al viento libertad. “No puedo, no soy fotogénica”, mintió con una tímida sonrisa. “No me he maquillado, voy vestida de mañana y estoy muy quemada, y así vas a sacar lo peor de mí”, se escudó tras el surtidor de cerveza, parapetada tras el burladero de la barra del bar.
“Lo peor de algunas personas es preferible a lo mejor de la mayoría”, me sinceré en vano. Dudó por unos instantes, meditó calculando las opciones, se miró las piernas y los tatuajes. “No, lo siento, no puede ser; hoy no, ahora no. Tú vendrás aquí más veces y, en otra ocasión, seguro que sí”. “¿Cuándo ya seas fotogénica?”, bromeé. “No, en serio, más lo siento yo; en efecto, vendré más veces y seguirás siendo la misma, una mujer muy interesante”, contesté, “pero ya no será igual ni la luz ni la falta de maquillaje… ni el morbo”, me dije para mí buceando en un cubalibre de ron. Me dio dos besos, como en la canción, uno por mejilla y me dijo adiós. Respondí a su despedida en voz baja, con niebla en mi cerebro y escarcha en mi corazón.
Los tatuajes de esa muchacha son alambres de espino que rasgan y bordean su cuerpo frágil como una flor y duro como el diamante a un tiempo. Besos que arañan, caricias que desgarran, zarpazos de amor… sueños románticos, dulzura oculta bajo una coraza de hierro. Quiso, pero no se atrevió y el resultado es el mismo, aún peor, más doloroso por cuanto implica de deseo infructuoso, de anhelo perdido. “El temor y el pudor atan más férreamente que los alambres de espino”, pensé. Nos hacen retroceder y huir, escapar de nosotros mismos, que somos nuestros jueces más implacables.
“Otro día y en otro lugar”… ya no será igual. No puede serlo, porque los trenes que se pierden ya no vuelven a pasar y, en el caso de que lo hicieran, irían a distinta velocidad, con otra pintura y con distintos asientos libres y ocupados.
Retrocedí a los años del colegio, encima del Mercado de San José de Valderas, y a la figura del “Bufa”, antes de su descenso al vértigo de las drogas. Sonaba en el garito la voz de Javier Urquijo, de “Los Secretos”, desde el más allá, aquí, muy cerca. “Volver a ser un niño” –decía- “volver a ser un niño”… Qué gran cosa cuando todo cambia, como él dice, porque nos haya sonreído Cupido tan sólo un poquito. Qué maravilloso volver a ser un niño, acaso por un instante, lejos de los problemas y de los remordimientos, de las mezquindades y de los chantajes… volver a ser un niño sin tatuajes en el alma, “con ese brillo que te quita el frío de las cosas”. Le respondió Josele, de “Los Enemigos”: “el mundo rula y, al caer, se muerde la cola, ¿por qué has tenido que crecer? ¡Maldita la hora!”.
El “Bufa” cantaba -cada vez que aparece en mi mente lo hace-: “siempre soñé con ir a L.A., dejar un día esta ciudad, atravesar el mar en tu compañía…” Años después, una conocida, un ángel con rostro de tal y un cuerpo perfectamente diseñado para los deseos más pecaminosos (en el caso de que tal cosa exista) me aseguró que aquella ciudad es una gigantesca mole de mierda. ¡Qué más da! Escapar, huir es lo que cuenta, en los dulces brazos de la imaginación. Al paraíso de los seres dichosos, donde hombres y mujeres se aman sin hipotecas, sin tatuajes en el alma, sin heridas en el corazón, sin chantajes en la cartera emocional, sin un “Breakheart’s Hotel” en su censo.
Miré la pantalla del televisor, el hombre del tiempo anunció: “mañana, sol y buen tiempo”.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado.

Mamosos famosos, famosos mamosos


Fama. Opinión que tiene la gente de la excelencia de un sujeto en su profesión o arte. Los españoles queremos ser famosos pero, como es harto complicado destacar, nos acogemos a la tercera acepción del diccionario: Que llama la atención. Con eso nos basta. Que hablen, aunque sea bien. El mérito y el esfuerzo se dibujan en nuestras mentes como senderos demasiado largos, tortuosos y desabridos. Apostamos por la cultura del pelotazo, del trepa, del lametón, del braguetazo, de la pérdida del sentido del pudor o del ridículo. Todo vale en aras de ser “famoso”, “conocido”, “popular”.
Mamoso, dícese del que mama bien y con apetencia. El que mama mucho y mama bien. Un buen mamoncete. Una bendición para cualquier madre tener un bebé así, zampón y con los mofletes sonrosados. Una bendición para la madre y allegados si no rompe la tendencia al crecer. Otro gallo canta al resto de sus conciudadanos, pero eso no importa en el país del que no corre, vuela. Y ya se sabe que ave que no vuela, a la cazuela. Sobre todo desde que todos soñamos con ser Fernando Alonso, pero sin padecer sus sacrificios; con ser Fernando Torres, pero sin ir a entrenar; Bruce Lee, pero bebiendo cañitas y sin ir al gimnasio; millonarios con mercedes, chalé y piscina, pero sin madrugar. En suma, desde que declinamos ser un país de eméritos reconocidos a favor de ser un irreconocible país de famosos mamosos o de mamosos famosos, que es parecido pero no lo mismo.
Son los paladines del “Dios no me des, ponme ande haiga, que ya me ocupo yo de trincar”. Les das la mano y te dejan el muñón. Les dejas desnudos en una habitación vacía y, a la que vuelves, tienen una suite de lujo con caviar ruso y Moët & Chandon en la cubitera, y una maciza en lencería fina sobre una piel de oso polar frente a la chimenea con leños crepitantes al fuego.
Sí, ya sé que a veces parezco el Cándido de Voltaire, pero aún así soy consciente de que en España pesa más ser listo que inteligente y mucho más que culto. Sé que quien no tiene padrinos se muere moro, esto es, sin bautizar. Y sé que no es algo nuevo, sino que colea desde los días del Lazarillo y más allá. Que Don Dinero es poderoso caballero y que el que tiene vergüenza no almuerza. Más vale maña que maño, perdón, que fuerza (me traiciona el subconsciente) y más vale que te desprendas con premura del pudor, la honradez, el honor y demás valores otrora tenidos por virtudes y ahora por lastres. Más vale desprenderse del desprendimiento.
Pero convengamos en que esto ya pasa de castaño oscuro. Tras verle danzar en un garito de la Habana, una amiga le dijo a un mulato: “Hay que ser cubano para bailar así”. El muchacho sonrió y contestó: “No, mihijita, hay que aprender y ensayar muuuuchas horas”. ¿Talento? ¿Mérito? ¿Esfuerzo? ¿Para qué? ¿De qué sirven? Estudiar, trabajar, entrenar, ensayar, aprender a cantar, a bailar, a actuar… sacarse una ingeniería, una licenciatura, aprender un oficio… Pérdidas de tiempo. Cárguese de soberbia, inmodestia y malos gestos. Búsquese un torero, futbolista o similar, exprima zumo genital y repita ante el espejo cien veces o más una frase similar a: “yo por mi hija… ¡maaato!” (Sale mucho mejor si consigue exclamarlo con una vena hinchada en la sien o en el gaznate, y beberse un litro de cazalla también ayuda lo suyo, sobre todo para agriar la voz) Al fin y al cabo esto es puro teatro, un circo sin leones pero plagado de fieras y payasos. Igualmente válido es despreciar la mínima formación musical y, a un tiempo, lanzarse a graznar cual grajo algo que intentarán colarnos como una canción.
Todo vale. Esto es Jauja, perdón, España, ese país que con tales mimbres parece condenada a seguir en el furgón de cola del orbe civilizado por muchos años, en la caverna del cilicio y del donde la ciencia no llega, la vara lo endereza. Que el que no corre, vuela y, como en el tango, el que “labura” es un gil. El más necio hace relojes de madera y funcionan que es una barbaridad. Intelectuales rijosos que ponen su sable al servicio del mejor postor, traicionando cualquier poso de moralidad o decencia que les quedara, hasta tornar al pueblo en populacho, hasta convertir las ideologías en coartadas para dejar de pensar. Todo por la saca y a chupar del bote hasta que la pasta se agote, patriotas del doblón. Es cierto que la Gran Vía madrileña ha cumplido cien años, pero las calles de Montera y de la Ballesta están más enraizadas en la tierra de nuestra maceta.
Escucho en una emisora de radio a una experta en la materia explicando que si soplamos un caramelo sobre el cuerpo de nuestro amante sentiremos un aluvión de nuevas sensaciones. Supongo que eso nos convierte en un soplacaramelos, y siempre he pensado que no es lo mismo tocar la gaita que soplarla. La experta asegura que “el cuerpo humano es enorme” ¿? y que podemos “seguir soplando”, por ejemplo en el pene. En efecto, sí lo haces, automáticamente te conviertes en un soplapollas.
No, no envíe a sus hijos al colegio ni al instituto, aún menos a la universidad. Hágalo lelo de solemnidad desde la cuna y le ahorrará disgustos y depresiones. O métalo de concursante en Gran Hermano o, aún mejor, que se haga político, ya no le hace falta ni que termine los estudios básicos, basta un buen escáner y un poco de photoshop. Famosos mamosos, mamosos famosos, tanto da, y así nos va pero, como canta Serrat, cuando termina la fiesta la zorra rica vuelve al rosal y la zorra pobre al portal, y en Alemania hace tiempo que la orquesta dejó de tocar.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado

Allí donde mueren las gallinas


Chulo. Que se comporta con jactancia y presuntuosidad. Llaman chulo y borde a Cristiano Ronaldo, porque se ha encarado con un grupo de aficionados en Almería que le vociferaban “ese portugués, que hijoputa es”, “nos la vas a comer” y otras lindezas similares. El chico, más que harto de escuchar tales cantinelas día sí y día también, les mandó a salva sea la parte y, tras meter un gol en el campo, les dijo “nos os oigo cantar nada” o cosa parecida… Y es un chulo y un impresentable, reconvenido por su propio director deportivo, Jorge Valdano, en el extendido entendimiento de que “el público siempre tiene razón” y que hay que oír y callar. Porque estamos en la sociedad del todo vale, donde todo son derechos sin deberes y la modestia, la educación o el respeto siempre le son exigibles a los demás y nunca a nosotros mismos, en esta sociedad de acomplejados, mediocres y meapilas, sólo valientes desde el anonimato del rebaño, al amparo de la masa.
Pues yo digo no. Humildemente: no, señor. El chico es un excelente futbolista, atractivo y multimillonario y, claro, esto muy difícil de digerir. Y el público, cuando se convierte en chusma vociferante y mal hablada, en mole canallesca, no sólo pierde la razón sino que se torna en algo manifiestamente peligroso y dañino. De nada valdrá recordar que el deporte se basa en valores ya totalmente trasnochados, cuando no directamente olvidados o caídos en desgracia. Que el fútbol, y sobre todo mi admirado, por añorado, rugby se basaban en animar a tus colores pero siempre desde el respeto al contrario y, si éste te derrotaba con limpieza, merecía ser reconocida su superioridad y serle rendida tu admiración y tu aplauso, con el objetivo de mejorar y poderle derrotar en la siguiente ocasión en buena lid. Es lo que diferencia a un caballero de un rufián, aún más, lo que distingue a un ser humano de una bestia parda. En suma, unos preceptos morales totalmente alejados de los que han convertido este deporte en un lamentable “espectáculo” (qué miedo me produce esta palabra en bocas malintencionadas y contextos equivocados, pues en su nombre todo está permitido) de billeteras engordadas sospechosamente, de vanidades desmesuradas y de metrosexuales sin neuronas. Una secta de seguidores cerriles donde lo único que cuenta es vencer al precio que sea, de negadores de la evidencia y del agua y la sal al rival, en sintonía con la máxima ignominiosa del “pisalo, al contrario, pisalo” del insigne entrenador argentino Carlos Bilardo.
Nos hemos vuelto todos locos o unos cretinos desnortados. Nos ganamos una merecida libertad tras años de secuestro y hemos pasado de ser ilusionados libertos a libertos desnortados. Suerte que no soy ningún crack futbolístico porque si no verían realmente lo que significa ser un chulo y un cabrón, porque los animales sólo entienden el idioma de las bestias. “Alto, fuerte, lejos”, el viejo lema latino, ha sido sustituido por el de “Necio, sordo, ciego”, pues no hay peor ciego que quien no quiere ver ni peor asno que quien no desea ser desasnado. Bienvenido, pues, Cristiano a mi barrio y al País de las Maravillas, a mi país de burriciegos, donde no hay deberes, sólo derechos, donde los radicales de izquierdas y los falangistas “velan” por la democracia y sus principios; ellos volverán a precipitar su final ante nuestra desidia, galbana y cobardía, aunque nos queda la esperanza, que es lo último que se pierde. La esperanza, esa dulce amante que nunca nos abandona mientras nos quede aliento, dando un rayo de luz a nuestras vidas. La esperanza… sí, esa puta que se viste de verde y que, más tarde o temprano, siempre te vende.
Dicen que el esperma masculino español (“¡Viva el semen español!”, vociferaba un chavalín ante las cámaras de televisión en un arranque carpetovetónico de patriotismo) está perdiendo calidad por la contaminación y ciertas hormonas de las vacas… o quizá por las hipotecas, el paro y la desesperanza, vaya usted a saber, hasta que lleguemos al hombre del pene retráctil, último eslabón de la cadena evolutiva, que halló su precedente en un pastor mejicano que años ha falleció aplastado por una roca desprendida de un monte mientras se beneficiaba sexualmente a un ave… Murieron ambos en el acto (nunca mejor dicho) gallina ella, tonto él. ¿Realmente dará tiempo a que cambie el clima antes del fin del mundo con tanto imbécil en las esferas de decisión? Estamos en manos de los idiotas del terror y de los manipuladores de las masas por el miedo. No salgas, no hagas, no digas….
España sólo hay… dos. Somos hijos de Caín. Sinvergüenzas en puestos de poder e inocentes sentados en los banquillos. Y sin noticias de Robin Hood. La paz de los muertos no es paz, es un grito horrendo que se oye como un lamento sordo más allá de las tapias de los cementerios. No puede existir una democracia real mientras haya muertos, con independencia del bando o del credo ideológico, sepultados en cunetas o descampados. Así no descansan en paz y menos aún sus descendientes. No hay paz sin reposo, no hay paz sin guerra, ni guerra sin disputas económicas y de poder. El poder corrompe y, en la medida que aísla, atonta. Siempre se ha hecho negocio de los muertos y de la pesadumbre como con las tapas de mármol en las mesas de los bares madrileños de La Colmena: empresas cibernéticas de búsqueda de empleo que sólo colocan en función de lo que paga el desempleado. Ya no se cobra por trabajar, se paga. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ve con espanto la rigidez de nuestro mercado laboral y la receta que aconseja es sencilla: abaratar el despido de los contratados fijos para igualarlos (en la podredumbre) con los contratados temporales. Temporalidad, mal sempiterno de nuestro mercado. Cuatro millones y medio de parados y el despido es caro, qué será cuando éste sea barato. Los responsables de la crisis económica no sólo no piden perdón sino que siguen exigiendo, y la cuenta de la orgía la pagan los de siempre, los que no han fornicado. Así pues sólo me queda ser un chulo, no como Cristiano Ronaldo, y mirarles a los ojos llevándome las manos allí donde mueren las gallinas.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado

De Cañas… y Barro


Quedo con unos antiguos amigos en un bar del barrio. Me alegro sinceramente de verlos, pues hace mucho tiempo que no frecuentamos los mismos lugares y compañías. Es curioso con que facilidad las personas podemos pasar de ser íntimos a conocidos y a prácticamente desconocidos, incluso unos completos extraños, sólo con dejar de tratarnos unos años.

Nos tomamos unas cañas de cerveza. El más mayor del grupo me cuenta que lo ha pasado muy mal, que ha estado ingresado en varios centros de desintoxicación y en un centro psiquiátrico tratándose de su adicción a las drogas y de un trastorno bipolar de la personalidad. Ha estado amarrado a la cama para evitar autolesiones, en un rosario de penalidades físicas y de torturas anímicas. Hace tres años fue detenido por conducir en un estado lamentable un vehículo sin el correspondiente permiso, previamente retirado. En el juicio rápido celebrado al efecto le sentenciaron a dos años de retirada del carné de conducir, 1.800 euros de multa y 22 días de trabajos sociales. Le dijo a la jueza que tenía unos ojos preciosos y un cuerpo espléndido. Lo cortés no quita lo valiente, pienso. Los trabajos para la comunidad consistieron en recoger tierra morena para las macetas de una señora enferma.

Se suma a la conversación otro antiguo conocido. Nos cuenta que es incapaz de vencer su alcoholismo y que se ha presentado dos veces, por falta de una, en el presidio de Soto del Real, pero que no le admiten porque ha perdido un papel y al funcionario no le consta su citación. “He ido a la gobi, incluso, y no salgo en busca y captura, así que no sé que hacer. ¡Joder, chicos, no me quieren ni en el talego! Al final –nos dice- me iré a un centro a mi pueblo, que al menos te dan buena ropa y jamoncito, y a lo mejor dejo el condumio –cocaína- y el alcohol”. Surrealismo puro. Me viene a la mente su imagen, sentado a las puertas de la cárcel en un banco de piedra bajo el aguacero, pidiendo al funcionario que le deje guarecerse de la lluvia y le deje hacer una llamada para que vuelvan a recogerle tras su no ingreso en prisión. “Los pavos no lloran, tronco, sino me ponía a llorar aquí mismo”, asegura… y le creo.

Nos hemos criado en el mismo colegio, si bien en cursos diferentes, y hemos frecuentado las mismas calles y lugares; nuestras familias se conocen. Sin embargo hemos transitado diferentes caminos vitales. Acaso no terminar así se deba a una línea más fina de lo que podamos pensar o creer. Recuerdo que en mi juventud, yendo con uno de los que allí estaban, ganamos un macuto entero de botellines de Jack’s Daniels y de ron en el tiro de un barracón de feria. Las únicas escopetillas de verbena que he visto sin trucar o, al menos, bien calibradas. Nos los bebimos en un camping de Almería, intentando ligar infructuosamente con unas muchachas. Lo que ligamos fue una cogorza de tal calibre que se incendió el recinto y no nos enteramos hasta que los bomberos, que habían desalojado a todos los campistas, consiguieron sofocar el fuego. El bombero que nos halló riendo, al lado de nuestra tienda, nos dijo: “¡Vaya torrija lleváis!, mejor quedaos porque ya hemos apagado el incendio”. Recuerdo que yo pensé: “Menos mal, porque si nos llega a dar una llama ardemos hasta el día del Juicio Final, con la cantidad de alcohol que llevamos en sangre”… Para habernos matado. Y me descubro echándole la bronca a mi hijo porque ha bebido. “Por cierto, no veas como sopláis cerveza”, exclama a modo de despedida el alcohólico. Qué flaca es la memoria. Qué acomodaticio es el recuerdo y España, qué gran país.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado

Moby Dick


Todos tenemos un Moby Dick particular, como el capitán Achab. Un cachalote que nos ha destrozado una pierna y la moral, y al que aspiramos a dar caza aún a costa de sucumbir amarrado a los arpones de su lomo. La pelea a muerte con el destino adverso. La lucha con el enemigo formidable, con el rival invencible. Todos nos enrolamos alguna vez en un ballenero como el Pequod cargados de expectativas, prestos a madurar. Unos bregan, como Achab; otros aprenden y viven, como Ishmael; otros se refugian en la clandestinidad al abrigo de las miradas de un mundo ignorante y hostil, como Nemo a bordo de su Nautilus; otros pelean contra molinos de viento defendiendo el amor idealizado de Dulcinea, como el Quijote; otros luchan contra la penuria diaria con picaresca y desigual fortuna, como el Lazarillo de Tormes; otros toman la espada y el mosquete para luchar por nobles empresas con la superioridad moral y el alma torturada del mosquetero Athos; otros lo dan todo con inusual desprendimiento por el amor incondicional y no correspondido, como Cyrano de Bergerac, tirando cien ducados de una vez sin disponer de dinero, por la mera belleza y grandeza del gesto. Otros se embarcan en la empresa contra el enemigo colosal desde la indefensión y la debilidad física, pero con la grandeza de alma y de ánimo, como los hobbits de Tolkien; otros se enfrentan a la muerte desde la duda y el desengaño ante la calidad humana, como Hamlet, príncipe de Dinamarca; otros, desde el pragmatismo y la lealtad, pese al peso del miedo y el sentido común, como Sancho Panza… Pero al fin y al cabo todos nos terminamos por enfrentar con el destino, con el temible rival, en el combate inevitable. Lo importante es que el oponente y la lucha merezcan la pena, pues nuestro verdadero valor lo marca el de nuestros rivales. Moby Dick merece la pena porque nos hace dejar de ser irrelevantes, como los gigantes imaginarios del Caballero de la Triste Figura o el Sauron de Mordor. El amor de Dulcinea o los besos de la bella Aldonza (yo siempre he preferido éstos, la verdad) El ideal, la realidad, la maldita realidad.
A veces, los besos húmedos y calientes de los labios carnosos de Aldonza valen mucho más que el noble ideal y, entonces, la realidad deja de ser maldita, acaso por un instante, por un momento, breve pero intenso. Pero el ideal permanece y me batiré en duelo con todo aquel que ose poner en tela de juicio la honra de la sin par Dulcinea, por incierta que ésta pueda ser. Dos caras de la misma moneda, rasgos del mismo ser. Y allá donde mi brazo alcance, clavaré mi arpón. Y aplicaré mi lanza allá donde haya un entuerto que desfacer. Allá donde pueda fundir un anillo esclavizador encaminaré mis pasos. Allá donde pueda seguir su estela perseguiré al Nautilus y, aunque me duela en el fondo de mi cansado corazón, seguiré susurrando y regalando a quien sea poemas con tal de ver dibujada una sonrisa en los labios de la bella Roxana hasta que un día, al fin, me ame. Esclavos de azar, adalides del despecho, caballeros andantes, balleneros obsesivos, mosqueteros del rey, militares de misión en zona, capitanes geniales y clandestinos que hicieron feliz nuestro pasado, dan un norte al presente e infunden valor para el futuro. Valor noble y desinteresado contra la crueldad, la grosería, la zafiedad y el egoísmo de los que suelen gobernar nuestras vidas y, aún más, contra nuestros propios defectos, los peores sin duda.
Capitanes de abril, sigue habiendo claveles que poner en las bocachas de ciertos fusiles. Sigue habiendo claveles en los jardines de nuestra sociedad enferma de codicia para evitar la enfermedad terminal. Luchadores enfrascados en guerras imposibles por un noble ideal que no cejan en su empeño hasta el instante final, que se caen y se levantan, que se ridiculizan para emerger bañados de la gloria final, que vencen y son vencidos, que aunque fallezcan nunca mueren en nuestra memoria porque fueron bien nacidos. Porque apostaron por el compromiso con los demás y con ellos mismos. Porque se juegan todo a una carta sin duelo y sin remordimientos. Luchar, arriesgar… vivir. Apostar, ganar, vencer… vivir. Porque sólo los que luchan valen, aunque pierdan la vida en el envite. Porque soy mejor cuando pido perdón que cuando pido permiso….
A veces oteo el horizonte y, entre las olas, veo aparecer súbitamente un chorro de agua y un inmenso lomo blanco que brilla al sol. “¡Por estribor resopla!”, grito, y Achab y el indio Qeequeg cogen sus arpones mientras el Pequod vuela sobre el mar, en su ¿vana? lucha contra el mal y el absurdo del mundo.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.
El Mercado.

Stephen Hawking y Las Lagartas Amarillas.


“Para mi cerebro matemático, los meros números hacen que pensar sobre extraterrestres sea perfectamente racional. El verdadero desafío es averiguar cómo pueden ser de verdad”, ha manifestado el físico y ex profesor de la Universidad de Cambridge Stephen Hawking. Estos extraterrestres podrían ser inteligentes y constituir una amenaza, según manifestó en una entrevista en la cadena Disney Channel. “Si nos visitaran, los resultados serían como cuando Colón llegó a América, algo que no salió bien para los nativos americanos”. Estos extraterrestres que expoliarían nuestros ya sobreexplotados recursos naturales podrían ser herbívoros, bípedos, amarillos y con forma de lagarto (como en la serie “V”, pero sin tías buenas en apretados vestidos de látex).

En San José de Valderas somos expertos en visitas de civilizaciones extrañas y frikis en general, desde que el famoso grupito de ovnis sobrevolara los castillos del señor marqués. Siempre me ha costado creer que un ser asaz adelantado atraviese distancias siderales para abducir a un pobre cateto y explorarle el esfínter anal, pero vaya usted a saber… Igual en vez de lagartos culeros nos visitan lagartas… y sus lenguas bífidas seguro que nos darán mucho juego. En cualquier caso, las “extraterrestras” son amarillentas y tienen muy mala leche… Bueno, hasta aquí nada especialmente sorprendente, pasa exactamente igual con las “terrestras” cirróticas a causa del botellón indiscriminado y recurrente. Pero sucede que los “extraterrestros” son unos chungos de mucho cuidado, según ha visualizado Hawking, y es cosa de tener en cuenta porque, amén del último genio vivo al nivel de Albert Einstein o Isaac Newton, está el pobre imposibilitado, se debe aburrir de la leche y le debe de dar a la almendra una barbaridad… es decir, que cavila un huevo y parte del otro. Recordemos que ya en su día avanzó que los alienígenas nunca habían visitado nuestro planeta porque, de haberlo hecho, habrían dejado basura. Razonamiento que comparto al ciento por ciento, más que nada porque soy español y conozco el paño. Si fuera suizo igual hasta lo ponía en duda, pero habiendo nacido en la piel de toro sé bien como queda cualquier merendero tras una tarde dominguera, que parece mentira que seamos campeones del mundo y de Europa en baloncesto porque no acertamos a meter un solo desperdicio en las papeleras, al parecer todos los escupe el aro y, como debemos andar fatal de los riñones, no nos agachamos ni luchamos por el rebote.

Así pues, a tenor de lo manifestado por el insigne físico británico, a temblar tocan amiguetes… ¡Joder, y justo ahora que íbamos a salir de la crisis de los señores especuladores que siempre la montan y nunca pagan! Es por este motivo que un servidor, por si acaso, se ha puesto solícitamente a las órdenes de nuestra nunca suficientemente bien ponderada ministra de Igualdad, para que los seres amarillos que dominarán el mundo (no, no hablo de los chinos, que ésos ya lo dominan ahora) me traten en justa paridad. Así pues he comenzado a hablar como es del gusto de la señora Bibiana Aído, sólo con “-istos” e “-istas”, y huyendo de los abominables participios activos que tanto mal han hecho por la igualdad entre hombres y mujeres. Cuánto mejor ser “periodistos” o “violinistos”, por no hablar de “policíos” o “militaras”. Qué dichosos y dichosas seremos y “seremas” cuando seamos y “seamas” miembros y “miembras” del/la Ministerio/a Igualitario/a Intergaláctico/a. No albergo la menor duda de que ésta será misión prioritaria de las “extraterrestras”, mientras los “extraterrestros” nos colonizan como es debido, como nuestros antepasados hicieron en el pasado, esto es: dándonos por el colon, pues de ello deriva el verdadero significado de colonización y no de Colón como se nos ha dado en enseñar en las escuelas. La historia nos demuestra que cada vez que una sociedad tecnológicamente más avanzada visita a otras más retrasadas, los miembros de estas últimas empiezan por abrazar alguna religión amorosa entre llamas o hierros candentes, siguen aprendiéndose el nuevo idioma a golpe de porrazo y terminan por acarrear pedrolos a cualquier pirámide, catedral o mezquita, o extrayendo minerales en una mina insalubre.

Serán ellas las que lleven la voz cantante (¿tal vez ”cantanta”?), pues serán más astutas. Estoy seguro porque ya en la adolescencia mi madre me prevenía para que tuviera mucho cuidado porque “hijo mío, hay cada lagarta por ahí…” Ya ven, y más allá, hasta en el Reverso Tenebroso de la Fuerza… lagartas interestelares… y eso deben ser muchas horas de vuelo… En fin, consolémonos pensando en los brillantes próceres que nos protegen: Merkel la dulce, que cuando asegura que va a hacer un griego tiembla Europa; los boys Nicolás Sarkozy y Silvio Berlusconi, especialmente indicados para el trato con féminas; Vladimir Putin se moverá como pez en el agua, y ya podrá envenenar a gusto a diestro y siniestro a base de plutonio radiactivo (entre amarillentos y verduzcos, sus víctimas no llamarán la atención ni levantarán sospechas); Bin Laden las podrá convencer de las bondades del derecho plenamente constitucional del uso del burka y de la bondad cultural de la ablación del clítoris; y nuestro Zapatero podrá desarrollar al fin su afamada Alianza Intergaláctica de las Civilizaciones (solamente en dietas de viaje y hospedajes nuestros representantes se van a llevar un auténtico pastizal, (¡ay! que boyantes negocietes se abren ante el Bigotes, Filesillos, Gúrteles y demás genios de las finanzas patrias) y el simpar Rajoy… ¿Rajoy? ¿Mariano?... Bueno, no debe estar o está callado, como corresponde a un líder de su talla. Menos mal que doña Espe Aguirre, la súperlideresa, se reservará para acaudillar las rebeliones que procedan.

Mientras tanto, adelantémonos nombrando como nuestros embajadores en Raticulín y Ganímedes a Crístofer Jesús, con su dominio del idioma “fiuu-fiuu”, y a Tristanbraker, que ya ha mantenido conversaciones interestelares con ellos desde su walky-talky de “El Corte Chino”, a 2 euros la docena de radioteléfonos de plástico fino, fino…Yo acepto cualquier cosa, a excepción de que nos invadan los repelentes Ewoks. ¿Qué dirán en Badalona y en Vic cuando sepan que vienen ¡¡¡13 millones de extranjeros invasores!!!… Lo peor de todo será que se llevarán a Elsa Pataky y a Patricia Conde y nos dejarán aquí a Belén Esteban y a Karmele Marchante… son lagartos cosmonautas, no unos gilipollas como ET, que vino en un cohete y se marchó dando pedales en una bicicleta con canastillo.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Mercado.

8 y 1/2.


He amado y me han amado menos mujeres de las que he querido… y muchas más de las que he merecido. La memoria es una compañera peligrosa. A la que te descuidas te gasta una jugarreta y te mete en un aprieto. Es selectiva, tiende a sublimar lo que creímos bueno y a enterrar lo que nos produjo dolor o en su momento juzgamos malo. Y no siempre es así, objetivamente, en uno u otro sentido.
La memoria, como el lenguaje, es traviesa y juega con nuestro entendimiento. Todas las palabras tienen, como mínimo, doble sentido, por eso debemos leer siempre entre líneas, pues a menudo la primera interpretación no es la correcta, ni la primera impresión la más acertada, a pesar de la creencia popular. Por ejemplo, no olvidemos que “caer” es perder el equilibrio hasta dar en tierra, y dejar de ser o desaparecer, pero también significa llegar a comprender algo. Asimismo se puede aplicar a los conceptos náuticos de disminución del oleaje o de desviarse un barco de su rumbo. Es un ejemplo muy gráfico de cómo algo con un mismo aspecto puede significar muy diferentes cosas en función del contexto o de la intención, y sobre todo de la actitud del receptor.
En fin, intentaré que mi barco no se desvié del rumbo inicialmente trazado al comenzar a escribir estas líneas. Gracias a Facebook he vivido durante los últimos meses una experiencia similar a lo que Federico Fellini recreaba en 8 y 1/2, o en su remake Nine. De las maneras más sorprendentes y de las costuras de la red han ido apareciendo en mi perfil, muro o como se le quiera llamar un grupo de mujeres que, de un modo o de otro, he amado o me han amado, o ambas cosas. Como quiera que el orden en que aparecen las fotografías es aleatorio, una vez coincidió que salían todas ellas juntas en fila, como en el citado film Ocho y Medio. Y algo tan aparentemente frío como la pantalla de un ordenador me produjo una honda sacudida en el pecho. Un aluvión de recuerdos y experiencias buenas, malas y regulares invadieron mi cabeza con la visión de aquellas fotografías de rostros familiares que un día marcaron mi vida. Faltaban un par de ellas, cierto es, pero como no he sido Casanova precisamente su ausencia no lastra este relato. Con las que salían en el perfil era más que suficiente.
El amor infantil y puro; amores adolescentes volcánicos, torturados y explosivos; amores juveniles, pasionales, profundos y desaforados; amores sosegados, amores tozudos, amores tempestuosos, amores radicales y amores imposibles; amores de madurez, sosegados, sentidos. Amores náufragos, la mayoría. Amores impactantes todos. Responsables de una forja, la mía, porque estas mujeres son las que me han ido construyendo hasta ser como soy en la actualidad. Han sido, en cierta medida, escultoras que han ido modelando mi personalidad desde la infancia hasta la madurez. No sería quien soy sin el concurso de estas deliciosas mujeres, por mal que lo haya podido pasar en ocasiones. Los hombres somos sin duda el producto de las mujeres que jalonan nuestro paso por la vida, por eso el que las maltrata o ningunea no demuestra más que su propia inmadurez y cobardía, y lo que es aún peor: su necedad.
Hoy día cada una de ellas vive su vida ajena, o cuando menos alejada, de la mía, pero merced a la red podía ver los diferentes prismas de sus vidas y de la mía propia, con cierta perspectiva. Un broma del destino, sin duda. Dicen que cuando vas a morir, tu vida se proyecta ante tus ojos como una película. Facebook ha posibilitado que esto pueda pasar sin necesidad del fatal desenlace y, aunque sólo hubiera sido por esto, ya merecería la pena sumergirse en esta red social. Por haberme permitido volver a saber de ellas y ellas de mí. Por alegrarme de que todas ellas sigan bien, sean felices y, al parecer, me recuerden con agrado. Es mucho más de lo que podía esperar. Ahora seguimos en contacto, no somos meros fantasmas incorpóreos sin aliento en las mentes el uno de las otras y viceversa. No puedo hacer otra cosa que expresarlas mi reconocimiento y honda gratitud por haberme querido si acaso un poquito alguna vez, incluso a las que no aparecen, porque el misterio es otro jalón en el ciclo vital.
Y la vida continúa o, parafraseando de nuevo a Fellini: E la nave va.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

Libertos y Desnortados (las columnas del Mercado)

El Colegio del Mercado

Los recuerdos, eternos compañeros de viaje y guías de conducta futura. El dueño de este blog (1) y quien estas líneas escribe estudiábamos en un colegio que ocupaba la planta superior del mercado de San José de Valderas. No tenía ventanas, sino unos minúsculos ventanucos del tamaño de un ladrillo alineados en hilera unos al lado de otros por los que pasaban unos rayitos de luz tan insignificantes que se precisaba el empleo de luz eléctrica todo el día. Los alumnos éramos formados en columnas y filas, al estilo del ejército, en la calle y accedíamos al colegio atravesando en fila india el interior del mercado, entre los puestos, y ascendiendo por una escalera interior. Posteriormente construyeron una escalera exterior de hierro, para descanso de los sufridos tenderos.
Hubo de todo, como en botica, pero recuerdo con nitidez que la mayoría de los profesores nos sacudían que daba gusto, sobre todo don Millán, que nos hacía cantar el “Cara al Sol” y rezar el “Credo” a diario, y que el día que Franco falleció lloraba a moco tendido ante “el fin de España y su esplendor imperial ante las hordas rojas”. Yo recuerdo aquella fecha porque nos dieron tres días libres y echaban películas de guerra en la televisión (única, grande y algo más libre desde entonces).
Recuerdo el olor a colonia Pachulí y las rumbas de Los Chichos que palmeaban en círculo los macarrillas de la clase, los duros del lugar. A nosotros nos gustaba más el rock y el pop (hay cosas que nunca cambian) y, en cuanto teníamos ocasión, nos fugábamos a los castillos y a la piscina de los tritones a jugar a las dreas o a deslizarnos sobre unos cartones por una cuestecilla que estaba al lado del castillo principal hasta que se nos rompían los pantalones. Coleccionábamos piedras que recogíamos en la vera de dichos castillos que, según los entendidos, estaban cristalizadas por efecto de los motores de unos platillos volantes que se habían posado sobre ellos. Recuerdo las fotos, en blanco y negro y grano enorme. Y recuerdo que pensaba que ya que habían venido desde tan lejos, y puesto que tenían una técnica tan avanzada, podían haber aprovechado y construir un cole en condiciones. Años más tarde vi allí mismo a un “friki” llamado Tristanbraker diciendo a voz en grito a los que allí le mirábamos que los extraterrestres regresaban en sus naves y que iba a contactar con el jefe de ellos con un walky-talky de un todo a cien que esgrimía en la mano… Menudo alcance que tenía el aparato.
Recuerdo que estábamos rodeados de campo, de higueras y moreras. Criábamos gusanos de seda e íbamos todos de uniforme: pantalones vaqueros de Los Catalanes, zapatillas Tórtola de Los Guerrilleros y parcas con capucha de forro naranja en sus tres variantes, a saber: azul, verde o marrón. Recuerdo que sentí la primera llamada del amor por una compañera de clase. Una chica preciosa, morena y de sonrisa luminosa que se llamaba Magdalena, al menos así la recuerdo yo pues no la he vuelto a ver desde que acabé la E.G.B., es decir hace la friolera de 31 años. Como quiera que no di el estirón hasta los 14 años y que Magdalena era la “novia” de un tal Maestro, un armario ropero de tres puertas que encima acudía a clase armado con unos “nunchakus”, decidí con buen criterio llevar mi amor en secreto y no arriesgarme a que me pusiera la cara como un mapa, como le sucedió a unos cuantos. Primera lección vital. Espero que la chica encontrara mejor novio con el tiempo, más que nada por su bien, o que el muchacho se tranquilizara y encauzara sus fuerzas a labores menos destructivas. Quién sabe, igual acabó trabajando de extra en alguna película de Jackie Chan.
Recuerdo haber mantenido trato cordial pasados los años con muchos de aquellos “malos” de su pandilla, y ver que en realidad no lo eran. La mayoría eran muy nobles si llegabas a conocerlos; yo he sido a la larga bastante más malo que muchos de ellos y, en cierto modo, les debo haberme curtido en la calle, sobre todo en la disputa del bocadillo. El que no espabilaba no almorzaba y no aprendía, pero los tontos son arena de otro costal. Ya lo dijo Campoamor: el que es tonto de pequeño, gilipollas de mayor.
Pasados los años y tratando en otras esferas, sonríes cuando les llaman “malos”. Malos son los Roldán, Cachulis y “gurteleros” de turno que exprimen todo el jugo del limón para su vaso vaciando los de los demás; los especuladores bursátiles y los banqueros rapaces que obligan a cerrar empresas y desahuciar hogares sepultando los sueños de los más humildes. Y estoy seguro que muy pocos de estos sátrapas eran “malos” en el colegio.
Recuerdo los estragos de la droga, en concreto de la heroína, y de la cárcel en muchos de aquellos muchachos que ahora nos contemplan desde otra vida porque transitaron por ésta deprisa, deprisa, demasiado deprisa. Y los recuerdo siempre igual, porque ellos no envejecen en mi memoria, siempre son niños, demasiado jóvenes para ser malos de veras. Ángeles con alas rotas que llegaron al cielo enganchados al hilo de una jeringuilla, pisoteados por los cascos del caballo que un día creyeron domar.
Recuerdo nuestra educación callejera y la escolar, como una suerte de Jeckyll y Hide suburbiales. Terminé comprendiendo que, pese a las carencias de todo tipo (sonrío cuando escucho a los nostálgicos diciendo que nada ha mejorado con la democracia) el nivel de nuestros profesores era elevado, lo que me permitió tener una sólida base que me fue muy útil en el instituto y en la universidad, y aquí estoy, producto cien por cien de la denostada enseñanza pública y de la educación en barrio obrero, porque eso es lo que era y lo que sigo siendo: un chico de barrio, por más que algunos de mis amigos de entonces renieguen de ello y pretendan disimularlo. Yo no, yo lo tengo a gala. Claro que la razón y los recuerdos son como los culos: cada uno tiene el suyo y piensa que son los demás los que apestan, nunca el propio.
Recuerdo el pequeñísimo quiosco de golosinas (entonces no decíamos “chuches” y, mucho menos, “los chuches”) situado enfrente del colegio, y que nos atraía como un imán al hierro, a comprar gominolas, palulú, regaliz y, los más duros, cigarrillos sueltos. A menudo me pregunto qué recuerdos tendrán aquellos compañeros que no he vuelto a ver, porque la vida es una pirámide con diferentes prismas. Se me antoja curioso que recuerde el nombre y apellidos de tantos de aquellos críos, más que el de otros jóvenes, hombres y mujeres con los que he convivido mucho más recientemente. Recuerdos del cole, de niños de barrio, antes de que perdiéramos para siempre la inocencia en una fábrica, en una tasca, en una zanja, entre unos barrotes, en zona de combate o en un burdel. Recuerdo aquellos molletes de pan recién hecho del mercado y las lonchas de mortadela con aceitunas o de chóped con que nos rellenaba el charcutero los bocadillos al salir al recreo… Recreo, palabra evocadora donde las haya. Juegos, dola, churro, media maga, manga entera, carreras, libertad. Y a la dulce Magdalena, con una manzana de la frutería de sus padres… amor puro y libertad.

Recuerdos.

Jose Manuel Iglesias Cervantes.

(1) Esta columna se publicó por primera vez en el blog "Valderas Gráfico" de Fermín López Galindo, compañero mío de aula y amigo.

miércoles, 9 de junio de 2010